Procedentes de Marruecos o Europa del Este, llegan a Huelva para trabajar en la recolección de frutos rojos. Son contratadas en origen bajo un modelo de economía circular que incluye alojamiento. Al finalizar la campaña algunas se quedan. No encuentran motivos suficientes para regresar. Quieren dejar atrás la pobreza, la soledad o la violencia de género, con la esperanza de una vida mejor, para ellas y sus familias. Pero aquí también se enfrentan al abandono. Quedan atrapadas entre el cartón y las fresas, refugiadas en asentamientos precarios junto a los campos de Lucena del Puerto o Palos de la Frontera. Han de atravesar un laberinto de burocracia hasta lograr regularizar su situación.