29 Oct Albergue Covid para mujeres sin hogar

Las chicas están nerviosas en el Hostel de Fort Pienc donde se amparan desde hace tiempo. Cada una ha ido a parar a este refugio por diferentes avatares de la vida. El Covid ha proporcionado un techo para aquellas que dormían al raso antes del estado de alarma, ha cobijado a otras que se han visto por primera vez en la calle debido a la crisis económica del coronavirus y también ha servido de albergue alternativo para las mujeres sin recursos que ya se alojaban en albergues municipales. El 25 de marzo, nueve días después del cierre total por la pandemia, el Ayuntamiento habilita un equipamento en Poble Nou para acoger a 70 mujeres sin hogar. Sin embargo, un mes después decide trasladarlas a un Hostel del Eixample mejor acondicionado, que había tenido que cerrar tras el decreto de alarma como todos los hoteles.

Esta noche el tema de conversación en la cena gira alrededor del cierre del centro previsto para el 15 de Octubre ¿A dónde irán a parar después? En el turno se sientan Maribel, una joven venezolana demandante de asilo que en pleno confinamiento huyó de la explotación laboral como empleada doméstica; Minerva, que abandonó República Dominicana hace 30 años pero se quedó atrapada en el laberinto de los ‘sin papeles’ hace unos meses por no tener su pasaporte al día; Ana, nacida en el Eixample hace 50 años, que se encontró en la calle por vez primera aquellos días lluviosos de abril pidiendo auxilio desesperadamente hasta que la recogieron los Mossos; Juana, de origen vasco, que acumula desventuras por vivir en la calle los últimos 6 años;Julia, de Ecuador, que a sus 67 lleva 3 años deambulando sin hogar por Barcelona, dormitando en las proximidades de iglesias donde le dan alimento y la fe necesaria para soportar cada nuevo día; María Elena*, que se regaló para su cumpleaños en diciembre un viaje desde Lima a Barcelona aspirando a trabajar en el servicio doméstico. Acosada sexualmente al mes de ser contratada pierde trabajo y techo al defenderse de su contratante, un hombre de origen catalán; y Susana*, que tras una tentativa de suicidio en verano es ingresada en el Hospital del Mar y derivada posteriormente al Hostel.

La incertidumbre afecta a todas las usuarias, como son denominadas por la organización que dirige el centro, Progess. Al día siguiente informarán a las 59 mujeres sobre su destino tras la clausura del hotel. Juana, que creía que volvería a la calle, ha recibido la noticia de la concesión de la renta garantizada.  Podrá alquilar una modesta habitación y sobrevivir aunque sea acudiendo a centros de reparto de alimentos. Maribel lleva consigo sus papeles de solicitud de asilo y pasaporte. Al día siguiente tiene una reunión con el SAIER, la Oficina de Atención al Inmigrante, Emigrante y Refugiado. Todo apunta a que en breve podrá ser acogida en un piso. Las demás están inquietas porque se presenta de nuevo ante ellas un futuro frágil.

Tras la cena, Maribel va a conducir la que será la última noche de oración en grupo, que ofrece alivio y estímulo a sus compañeras para paliar el sufrimiento que cada una acarrea y proporciona una motivación para seguir adelante. Una a una las bendice con la mano en la cabeza y reza. Conoce las inquietudes y anhelos que agitan a cada una de ellas. «¡Ya no soporto más estar aquí!» exclama Emilia sollozando. Con 70 años es la mayor del grupo. La depresión la consume últimamente y ha optado por protegerse día y noche tras la cortina de su litera. La consuelan y juntan sus manos en corro. Se abrazan.

Afuera en la calle dos mujeres españolas fuman. Comentan la suerte de una compañera que ha encontrado una alternativa de vivienda. La vieron alejarse del centro entre risas y lágrimas. Quizás no la volverán a ver más. Silvia, una de las trabajadoras de Progress, sale con un plato de comida. A tres portales del Hostel se ha intalado hace unos días un joven entre unos cartones. «Sé que no debería hacerlo» justifica tras dejarle el plato, «pero parece que es nuevo en la calle, por la disposición de los cartones».

A partir del día siguiente los cambios no cesarán hasta el cierre del hotel el 14 de octubre. Progess informa a las usuarias que serán derivadas o bien al albergue municipal de Sarriá, aquellas que sobrepasen la edad de jubilación, o bien a un nuevo centro de acogida que habilita el Ayuntamiento de Barcelona en Vall d’Hebrón como centro residencial de inclusión permanente para orientar laboralmente a mujeres vulnerables. Todas se sienten aliviadas porque ya conocen su destino inminente.

Maribel tiene que hacerse las maletas de inmediato pues la aceptan en un piso de acogida que ofrece la entidad Barcelona Actua. No estará más que unos pocos días, cuando el SAIER le informa que la acogen en un piso en Girona. Emilia es hospitalizada al día siguiente en Sant Pau, tras una caída en el lavabo. Aunque se levanta sin heridas, en el hospital le hacen un chequeo a fondo para descartar patologías cardíacas. Su hija vela por ella. Les aconsejan no regresar al Hostel. Consiguen alojarse temporalmente en el piso de una amiga familiar. Por contra, Susana, tuvo una discusión y la aplicación de la normativa de convivencia la ha obligado a abandonar el hotel.

El nuevo centro ubicado en Vall d’Hebrón, La Llavor, está gestionado por la Fundació ARED en colaboración con Sant Joan de Déu Serveis Socials para acompañar socialmente a personas en riesgo de exclusión. Este nuevo equipamiento es pionero porque está dirigido únicamente a mujeres, el primero en Cataluña con estas caraterísticas.  «Las mujeres sin hogar en la mayoría de casos han pasado por violencia de género. En un equipamiento mixto no se sienten a gusto compartiendo espacios con hombres y pueden llegar a preferir la calle» explica Albert Sales, asesor del Área de Derechos Sociales del Ayuntamiento de Barcelona. «Para rehacer la vida es necesario intimidad, autonomía, que no te fuercen a horarios que quizás no van con tu estilo de vida». Por eso se ofrece una habitación individual a cada mujer y se va a iniciar un proceso de normalización de vida y arraigo laboral. «Es mejor alojar a menos gente con más calidad, que aplicar soluciones masivas para apartar a la gente de la calle y convertirlas en personas sin hogar a escondidas».

El tiempo del Hostel se acaba. Ha funcionado como equipamiento de emergencia en el contexto de la pandemia pero no puede ser la solución permanente. El Covid sigue amenazando la vida de las personas y la economía del país. Las protagonistas de este reportaje tienen ante sí una nueva página en blanco que escribir.

 

En el albergue de emergencia habilitado por el Ayuntamiento de Barcelona en el Hostel se ha acogido a 192 mujeres. El 41% han sido españolas. El 80% de las salidas han sido voluntarias, ya sea para volver a situación de calle, a una infravivienda o una habitación de alquiler. El 20%  han sido expulsiones por el incumplimiento de las normas de convivencia. Un 10% derivaciones a otros centros.

 

* Nombres ficticios para preservar el anonimato.

 

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Este artículo se ha publicado en el Diario Público el 18/10/2020:

https://www.publico.es/sociedad/ultimos-dias-hotel-covid-mujeres-hogar.html

 

 

The COVID hotel for homeless women

The girls at the Fort Pienc Hostel are nervous – they’ve been sheltering here for a long time. They’ve all ended up in this refuge due to different life circumstances. COVID-19 has provided a roof for those women sleeping on the streets before the state of alarm, has sheltered others who have found themselves out on the street for the first time due to the economic crisis brought on by the coronavirus and has also served as an alternative shelter for low-income women already housed in municipal shelters. On 25 March, nine days after the total lockdown caused by the pandemic, the City Council set up a facility in Poble Nou to accommodate 70 homeless women. However, a month later it was decided to move them to a hostel with improved conditions in the Eixample area, which had to close after the alarm decree, affecting all similar establishments in the city.

Tonight the topic of conversation at the dinner table revolves around the closure of the centre planned for 15 October. Where will they go after that? Sat at the table we find Maribel, a young Venezuelan asylum seeker who during full lockdown fled from labour exploitation as a domestic employee; Minerva, who left the Dominican Republic 30 years ago but got trapped in the bureaucratic maze of the ‘undocumented’ a few months ago for not having an up-to-date passport; Ana, born in Eixample 50 years ago, who found herself on the street for the first time during those rainy days in April desperately asking for help until the Mossos[Catalan regional police force] picked her up; Juana, of Basque origin, who has a number of misadventures under her belt from living on the street for the last six years; Julia, from Ecuador, who at 67 has been wandering Barcelona homelessly for three years, dozing near churches where she is given food and the strength required to endure each new day; María Elena*, who on her birthday in December treated herself to a trip from Lima to Barcelona aspiring to work in housekeeping. Sexually harassed a month after being hired, she loses both her job and a roof when defending herself against her employer, a man of Catalan origin; and then there’s Susana*, who after a suicide attempt in the summer is admitted to Hospital del Mar and later referred to the hostel.

Uncertainty affects all “users”, the term used by Progress, the NGO running the centre. The following day Progress informs the 59 women about their fate after the closure of the hotel. Juana, who believed that she would return to the streets, has received the welcome news that she has been granted guaranteed income. She will be able to rent a modest room and survive, even if she has to go to food delivery centres. Maribel carries her asylum application documents and passport with her. The following day she has a meeting with SAIER, the Immigrant, Emigrant and Refugee Service Centre. All signs point to the fact that soon she will be able to rent her own flat. The rest are nervous, as a fragile future once again presents itself to them.

After dinner, Maribel will lead what will be the last night of group prayer, which offers relief and encouragement to her companions to alleviate the suffering they’re all going through and provides motivation to keep moving forward. One by one she blesses them with her hand on their head and prays. She knows the concerns and desires of them all. “I can’t stand being here anymore!” Emilia exclaims, sobbing. Aged 70, she is the oldest of the group. Depression has been consuming her lately and she has chosen to protect herself day and night behind the curtain of her bunk bed. They console her and join their hands in a circle. They hug.

Outside in the street two Spanish women smoke. They discuss the fate of a colleague who has found a housing alternative. They watch her walk away from the centre, laughing and crying at the same time. They may not see her again. Silvia, one of the Progress workers, comes out with a plate of food. A few days ago a young man arrived three doors down from the hostel, nestled among some cardboard. “I know I shouldn’t be doing this,” he justifies after leaving him the plate, “but it seems like he’s new to the street, I can tell from the arrangement of the cardboard.”

From the following day onwards, the changes will not stop until the hotel closes on 14 October. Progress informs users that they will be referred either to the municipal shelter of Sarrià (for those over the retirement age), or to a new shelter enabled by Barcelona City Council in Vall d’Hebron as a permanent residential centre with the purpose of fostering inclusion and orienting vulnerable women professionally. They all feel relieved because they already know their next steps.

Maribel has to pack her bags immediately as she has been accepted in a reception apartment offered by the NGO Barcelona Actúa. She will only be there for a few days, as SAIER will inform her that they have accepted her in an apartment in Girona. Emilia is hospitalised the next day in Sant Pau, after a fall in the bathroom. Although she managed to pick herself up without injuries, the hospital will carry out a thorough check-up to rule out heart disease. Her daughter watches over her. They advise her not to return to the hostel so they stay temporarily in the flat belonging to a friend of the family. On the other hand, Susana was involved in a discussion and coexistence regulations mean she is forced to leave the hotel.

The new centre located in Vall d’Hebron, La Llavor, is managed by the ARED Foundation in collaboration with Sant Joan de Déu Social Services to socially accompany people at risk of exclusion. This new facility is pioneering because it is aimed solely at women, the first in Catalonia with these characteristics. “In most cases, homeless women have experienced gender violence. In a mixed facility they do not feel comfortable sharing spaces with men and may come to prefer the street,” explains Albert Sales, advisor to the Social Rights Area of Barcelona City Council. “To rebuild life, you need privacy, autonomy, and to not be forced into hours that may not fit your lifestyle.” That is why a private single room is offered to each woman and a process of life normalisation and of settling down professionally will begin. “It is better to house fewer people with better quality, than to apply massive solutions to keep people off the streets and then have them return to the streets in secret.”

Hostel time is running out. It has operated as emergency facilities in the context of the pandemic but it cannot be a permanent solution. COVID-19 continues to threaten the lives of people and the country’s economy. The protagonists of this report have before them a new blank canvas on which to write their lives.

 

192 women have been accommodated in the emergency shelter set up by Barcelona City Council in the hostel. 41% are Spanish. 80% of the exits have been voluntary, either to return to a street situation, to a slum or a rented room. 20% have been expulsions for non-compliance with the rules of coexistence. 10% referrals to other centres.

* Names have been changed to preserve anonymity.

 

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This documentary project is possible thanks to the COVID-19 fund of the European Journalism Centre.

 



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